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La ubicación de las cabañas permite tener una vista privilegiada del mar y otros sitios turísticos importantes en la ciudad de Esmeraldas. Foto: Marcel Bonilla / Líderes

La ubicación de las cabañas permite tener una vista privilegiada del mar y otros sitios turísticos importantes en la ciudad de Esmeraldas. Foto: Marcel Bonilla / Líderes

Ubicación y ancestralidad son el enganche turístico

30 de agosto de 2017 18:15

Observar la playa de Las Palmas desde las partes altas del norte de la ciudad de Esmeraldas tiene un componente adicional. Ahí se mezcla la naturaleza con la conservación de las viejas chozas construidas con técnicas ancestrales y la gastronomía esmeraldeña.

En el sector conocido como El Faro se mantiene los llamados miradores turísticos, desde donde se divisa la playa y el mar, en su real dimensión. Ahí los habitantes han construidos bohíos con cañas guadúa y techos con hojas de rampira, que evocan parte de su historia, sobre cómo se vivían sus ancestros. El aspecto de rusticidad en las construcciones, con el uso de materiales del medio usados en mesas, bares y comedores, hace que llamen la atención a quienes prefieren espacios abiertos para disfrutar de la brisa marina. Esta iniciativa turística ha permitido no solo disfrutar de las comidas típicas de Esmeraldas, sino relacionarse con su historia.

Los diseñadores de las chozas son cholos y afros, que aprovecharon el exquisito paisaje para poner en práctica sus costumbres gastronómicas y conocimientos patrimoniales en materia de construcción y preparación de alimentos. Con mucha práctica han construido un cerramiento con viejos trasmallos, de los que utilizan para pescar sierra, bagres y albacoras. Sobre la cuerda principal, que sostiene la malla, se conservan las boyas de color amarillo.

Un bongo o canoa pequeña de color turquesa, de las que se usan artesanalmente para pescar cerca la playa, está en el centro de la choza, como símbolo de unas de las actividades a las que se dedican.

En el interior del recinto se han construido minichozas de madera con cubiertas de hojas de rampira, mesas y asientos hechos con troncos de árboles cortados a la medida. En el centro de la construcción hay un mesa larga con tablas rústicas, y los asientos son de caña, asegurados en el piso, con vista a la playa. En los alrededores se han sembrado plantas con las que tradicionalmente se condimenta el tapa’o esmeraldeño, como la chiyangua, orégano y chirarán, con lo que dan un toque de ancestralidad.

Alfredo Hernández, propietario de chozas del Mirador, dice que este proyecto busca mostrar a los turistas la cultura de Esmeraldas en sus distintas manifestaciones. Hernández proviene de padres pescadores y carpinteros, que a través de las construcciones han mantenido la tradición de casas de madera con el uso de la caña guadúa o bambú. “La construcción es parte de la etnocultura que buscamos fomentar en cada actividad en la ciudad”, asegura el antropólogo Adison Güisamano, de la Unidad de Diversidad Cultural del Municipio de Esmeraldas.

Ahí se hace énfasis en las actividades que históricamente han realizado los esmeraldeños, como construir sus casas con técnicas de carpinterías ancestral, faenas de pesca y cultivar sus las plantas para condimentar sus platillos.